Por Geuris Paula
Presidente Fundación Amor Por SDN
La República Dominicana vuelve a quedar a oscuras.
Un nuevo apagón nacional —un blackout que paraliza hogares, hospitales, comercios e industrias— nos recuerda la fragilidad y el deterioro progresivo del sistema energético nacional.
Más allá del evento puntual, lo preocupante es la normalización del caos eléctrico. Los apagones han pasado de ser episodios aislados a convertirse en una constante angustiante, especialmente para los comerciantes y emprendedores que sostienen la economía del país.
En sectores como Villa Mella y gran parte de Santo Domingo Norte, los ciudadanos viven pagando facturas elevadas por un servicio que no reciben de manera estable. A esto se suma la obligación de invertir en plantas eléctricas, combustible y mantenimiento, duplicando —y en muchos casos triplicando— los costos operativos de los negocios.
El resultado es devastador:
• Comercios que reducen personal.
• Emprendedores que abandonan sus proyectos.
• Familias que viven en incertidumbre constante.
No se trata de nostalgia política ni de comparaciones partidarias. Se trata de resultados. Cuando un gobierno promete eficiencia, transparencia y transformación, la ciudadanía espera mejoras, no retrocesos.
La frustración es visible. Basta con visitar cualquier oficina de las empresas distribuidoras para sentir el ambiente de tensión: ciudadanos desesperados, reclamos sin respuestas claras y una percepción generalizada de impotencia.
Pero debemos decirlo con responsabilidad: los empleados no son el problema. El problema es estructural. Es un modelo energético que sigue siendo ineficiente, costoso y profundamente desigual.
Hoy más que nunca se necesita:
1. Transparencia real en la gestión energética.
2. Auditorías públicas y periódicas al sistema.
3. Revisión del esquema tarifario para que cada ciudadano pague estrictamente lo que consume.
4. Eliminación de privilegios y exoneraciones injustificadas.
5. Inversión efectiva en infraestructura y mantenimiento preventivo.
El país no puede seguir funcionando a oscuras mientras paga como si estuviera iluminado.
El desarrollo no es posible sin energía estable.
La competitividad no es posible sin seguridad eléctrica.
La paz social no es posible cuando la gente siente que paga por algo que no recibe.
Este no es un llamado a la confrontación. Es un llamado a la responsabilidad.
La energía eléctrica no es un lujo. Es un derecho básico en una sociedad que aspira al progreso.
República Dominicana merece un sistema energético eficiente, justo y sostenible.
Porque la paciencia ciudadana también tiene límites.



